Días de subterfugio. Noches viviendo a contrareloj en el paredón. El echarte de menos ya rompe la marca roja de la escala. Con el pelo enmarañado en las bujías del ahogo y del miedo. Lamiendo las heridas y las distancias. No tenerte cerca para romper a llorar como un niño. Frases que bombardean “engáñate, te sientes bien y es mentira”. Lo cierto es que no hay razones para tanto desvarío, ni para dejarme la voz, ni gritarte. Si no a mi. Añorarte es crónico, como lo son estos días y sus fantasmas. Así que por primera vez y en lo más alto, con mi vértigo al límite, sólo puedo gritar hasta que las ganas de saltar desfallezcan.
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