Hoy, hoy se me hace increíblemente corto y gustosamente reflexivo. Quizás sea hoy así porque no tengo ningún síntoma resacoso que me obstaculice el cerebro. O también porque he pululado de un habitáculo a otro sin mayor preocupación que la de tener los altavoces bien altitos, que la de sentir el frío en la piel desnuda y pasearme sin pudor alguno con la única iluminación de una vela roja, alargada, que se consume por el interior y deja, para mi disfrute visual, unas paredes que se derriten desigual y lentamente.
Pero sobre todo por el olor que se introduce a través de la rendijilla de la ventana que ha quedado ligeramente abierta, se cuela un bienvenido recuerdo que sin permiso avanza,y se adentra en mi mente, con el sonido lluvioso de las suelas en los adoquines italianos de un pueblo perdido entre montañas.
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| Y sea por esto, un domingo encantadoramente cursi. |
Estábamos cerquita del balcón, a punto de batalla de uñas a escondidas. Estábamos y se dibujaba en nuestras caras una sonrisa tímida. Justo en ese momento, ese mismo olor se adentraba por las fosas nasales y me erizaba la piel, ese mismo que ahora me ha sorprendido.
La batalla, de balas que atravesaban corazas, duró a penas unos tropiezos y unas caricias posteriores. -Cuenta hasta tres- te dije. Y haciendo trampas, en el dos, te planté en los párpados el primer beso.
Solamente por eso, hoy adoro los domingos.

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